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Andrés Trapiello





AL FINAL DE LA TARDE

Al final de la tarde

las últimas estelas se detienen

en la pared de cal,

accidentes, cenizas.

En los ojos entonces los paisajes

suenan como lacados

y hasta parecen lágrimas,

tan suavemente llegan.

Hablo de mí porque temo a la muerte

desnuda de las cosas

y que la muerte venga a esta azotea

a quedarse en la calma y el silencioso valle.

Como en su vaso el té moruno y verde

o el viejo libro que abierto está a su lado

han conseguido ser dueños de su quietud,

y en su quietud

igualarse a los astros que van en vastas órbitas,

como ese viejo libro y ese vaso de té,

recuerda este lugar y este momento.

Un día llegará en que te preguntes:

¿de ti, de mí, qué fue de todo aquello?,

y de los ojos

ya no vendrán palabras.


AL SUR DE GRANADA

La lámpara de mesa,

la camilla de pino

y los olivos fuera.

Se atormenta el silencio

con nubes de verano,

huele a tierra mojada

aun antes de que llueva,

y unos libros aguardan

la fecha de esta tarde,

diecinueve de agosto

en Fondales, Granada.

Cuando pasen los años

y abra de nuevo alguno de estos libros,

en esa simple fecha

volverán los sentidos,

la luz plomiza y calurosa y mate

y el ruido de las moscas

sospechando tormenta

y el olor de la tierra

anunciando lluvia.





ESTUDIO DE PIANO EN RONDA

Un mundo empieza a retornar

por la reja abierta.

Aplazados sonidos, yunques

de platero por el claro

callejón de luna.

Aun imperfectos, la noche

de vosotros se llena,

haciéndose más honda.

Poco a poco, el tableteo

de un lejano simón

va alcanzando las notas.

Cuando se han perdido

los pasos del caballo,

suena la tapa del piano

cerrando un empedrado

que alguien riega.


ADONDE TÚ POR AIRE CLARO VAS

Adonde tú por aire claro vas,

en sombra yo, o en hojarasca breve,

te he seguido. Yo mismo sombra soy

de ti. Y no puedes tú notar que yo

te siga, yo, callado tras de ti,

lumbre contigo o nieve de tu mano.

Y veo tu mirar, mas siempre esquivo,

oscuro y amoroso, en huertos altos

que tú para tu amor los cercas. Fuentes,

aves, la reja de la casa sueño

ser yo, la claridad, su vuelo limpio,

el aire entre los hierros. Pero tú,

a mi través, cuando me miras, creo

que estás mirando a otro, de no verme.

Y ya la fuente, el ave, las espadas

de la verja no son nada. La tarde

su rosa le retira al vaso. Pétalos

sólo, los continentes que parecen

sobre la mesa, a ti te los ofrezco,

te envío su gobierno, y yo, la sombra.





LA CARTA

He encontrado la casa

donde te llevaré a vivir. Es grande,

como las casas viejas. Tiene altos

los techos y en el suelo,

de tarima de enebro, duerme siempre

un rumor de hojas secas

que los pasos avivan. A los ocres

de las paredes nada ya parece

retenerles aquí. Igual que frágiles

pétalos, largo tiempo olvidados

en un libro, amarillean todos.

Entre rejas, trenzado,

un rosal sin podar.

En el jardín pequeño, una fuente

y un fauno. Y me dicen

que también unos mirlos.

Cuando en los meses fríos del otoño,

al escuchar sus silbos

cobren vida tus ojos, en el verde

del agua miraré contigo

cómo mueren los días.

Cómo se vuelve polvo en esos muebles

oscuros tu silencio

que azotará la lluvia

allí donde te encuentres.


UNOS SOPORTALES

Mi vida son ciudades sombrías, de otro tiempo.

Como se acerca una caracola

para escuchar el mar, así por ellas

vago yo muchas tardes. Ya no tienen farolas

con esa luz revuelta ni tampoco los coches

antiguos de caballos. Todavía conservan

sus negros soportales donde se huele a gato

y donde aún se abren misteriosos comercios

iluminados siempre con penumbra de velas.

Son ciudades levíticas, sin porvenir y tristes,

con cien zapaterías y tiendas de lenceros

cada cincuenta metros. Todas tienen conventos

con los muros muy altos donde crecen las hierbas,

jaramagos y cosas así. No son modernas,

pero querrían serlo. Yo las recorro solo,

e igual que suenan olas en una caracola,

así mis emociones me parecen eternas.


EL RÍO

Para mí qué encanto tiene un río

con barcas en la orilla.

Estarse junto al agua y ver correr

voluptuosas nubes en su ancho caudal.

Hacerse un sitio allí, en la maleza

azulada, un hueco donde ver

cómo es cosa de poco nuestra vida

y no ser vistos. Y mirar las barcas

tensando y destensando

una cuerda de esparto en la verde

corriente, con el agua de la lluvia

pudriéndose en sus tablas. Esperar

la tormenta y contemplar el cielo

vagabundo y morado. Oír el ruido

de gotas en el río, sus castillos

como timbales delicados.

Y pensar, si se puede,

en quien amamos mucho

o si entonces no amamos, no pensar,

no pensar, no pensar.

Y volver nuestros ojos

a ese mudo transcurso, y vacíos

quedar sin que sepamos

cuánto tiene de sueño

el frío y el dolor

y esas barcas sin gente

chocando unas con otras

o si podremos despertar un día.


E. D.

Mírame aún. Creció musgo en mis labios

y en los inviernos crudos me visita la nieve.

Siéntate, viajero, a mi lado.

Cuando la lluvia arranca plateadas

coronas de la piedra y silenciosa

en el ciprés muere la tarde, sólo

de ti me acuerdo. Pero tú estás lejos.

Pasa tu mano por mi nombre y quita

las hojas amarillas que lo cubren,

y los pétalos secos de esas flores

antiguas. Llámame después y dime

si el viento de esos campos lo ha borrado

o si tiembla en el aire todavía

como el romero verde.





EL AMOR DE LAS COSAS

Y me senté por descansar del día

junto al gran ventanal

y estuve allí no sé qué largo rato.

Cansado estaba y triste y sin propósito

viendo correr el agua de la fuente.

Los del jardín eran colores foscos,

verdes que se enlutaban y unos rosas

al pie de una escalera por la lluvia

gastados. Y allí mismo, en un rincón,

bajo el naranjo agrio,

las viejas herramientas

que dejó el jardinero,

la esterilla de esparto y el hocino

de primitivo aspecto, curvo y negro.

Se deshacía el día en fino polvo

de oro, el agua por el canalillo

de barro apenas se atrevía al ruido

y a su torre volvían las palomas.

No era de noche aún, sino de azul,

de un azul muy intenso.

Vino el amor entonces

a mi lado a quedarse,

el amor de las cosas y del huerto,

parte del mal estaba ya sembrado

y esperaba su fruto.

Pero de pronto una blanca lechuza

se desplomó del cielo

y me asustó su majestad al verla

detrás de unos laureles remontando;

hasta escuché sus fantasmales alas.

No era de noche aún,

el aire de azucenas perfumado,

y cerré la ventana

y ya no pude recorrer

mi corazón del todo.


LAS MANZANAS

Recuerdo aquellas tardes de Septiembre doradas.

Recuerdo venir mansos al establo los bueyes

pacientes y paganos, las tardes ya pasadas

y el provincial sosiego de desgastadas leyes.

Un pueblo de León. Viejos adobes. Lento

trajín de un tren correo que perdía sus toses

entre temblones álamos y un humo ceniciento

al tiempo que en mi mano morían los adioses.

Recuerdo aquella casa, la sala tenebrosa

con balcones que daban a la plaza y el ruido

del reloj, los retratos y una estampa piadosa,

un hurón disecado y el velador dormido.

Y en el corral, las cajas. Las manzanas reinetas

que tenían debajo hojas de cantorales

góticos, arrancadas vísperas y completas

de miniados añiles en letras capitales.

Y los blancos salterios y libros heredados

de un tío cura muerto, ahora eran sudario

para aquellas manzanas de virgilianos prados,

huertos y pomaradas al pie de un santuario.

Manzanas de Septiembre, aromadas manzanas.

Recuerdo aquellas tardes otoñales y mías

como una salve antigua, tristes y gregorianas.

Aquel sentir lejano que llegarían días

en que yo recordase, desvanecido el mundo:

la flor de los vestidos, las hojas en las ramas

y el chillar de los cuervos serían el profundo

y silencioso abismo de aquellos pentagramas.

Cómo seré yo entonces, recuerdo que pensaba

en las doradas tardes, sin suponer siquiera

que en aquellas manzanas tan ásperas estaba

escondido el entonces, el será, el es y el era.


1959

Enfrente de la plaza de frondosos castaños

hubo un día un hospicio. El caserón tenía

el muro de las cárceles y la melancolía

de los buques fantasmas, misteriosos y extraños.

Yo era muy niño entonces. Mi madre me llevaba

las tardes de domingo de visita a la abuela

y al capellán, mi tío. Se bebía mistela

en diminutas copas y de todo se hablaba.

Era un lugar siniestro donde olía a pobreza,

a tabaco, a sotana, pero entraba un sol suave,

dulce y desanimado que abría con su llave

las prodigiosas cuevas de aquella fortaleza.

Por entonces no había ya ningún hospiciano.

Vivían los dos solos entre orfanales ecos

de sombras y silencio y de sus pasos huecos

brotaba el rumor muerto de un armónium lejano.

Aunque me daban miedo, y cuánto, los pasillos

anchísimos y largos, el negro refectorio

o la escalera, el mísero y glacial dormitorio

con altos ventanales de polvorientos brillos,

aunque temblaba, digo, me pasaba la tarde

encerrado en mi cuarto preferido, una sala

que daba a un patio oscuro cuya única gala

era esa luz felina, agrisada y cobarde.

Aquélla era la sala en que la Diputación

guardaba tras las fiestas gigantes, cabezudos...

Yo admiraba sus caras hechas de sueños mudos,

de cólera y de risas, de trampa y de cartón.

¡Con cuánta lentitud el tiempo se frenaba!

La Tarasca caída llena de palitroques,

arlequines, bufones, falsos mozos de estoques...

Todo cuanto pasó y entonces no llegaba.

Al regresar a casa siempre había llovido

y en el jardín de enfrente cogían caracoles

unos hombres terribles, prendían los faroles

y los últimos pájaros retornaban al nido.

Cuando murió mi abuela, me vistieron de luto

y tuve que besarla. Estaba amortajada

con sayal terciario y el frío de la nada

selló también mis labios de nada y de absoluto.

Enfrente de la plaza y del viejo convento

hubo un día un hospicio. Es todo cuanto pueda

tener o recordar, la gastada moneda,

las máscaras, el miedo, los despojos del viento.


LA CASA DE LA VIDA

Mi corazón es una vieja casa.

Tiene un jardín y en el jardín un pozo

y túneles de yedra y hojarasca.

Es esa casa a la que tiran piedras

los niños cuando pasan al volver de la escuela,

después de haber robado de su huerta

magro botín de unas manzanas agrias.

En su tejado hay nidos de pájaros que cantan

y de noche un cuartel de escandalosas ratas.

La glicina cubrió los viejos arcos

y una verja de lanzas

y una terraza alta donde llega

la copa de un granado con granadas

y un palomar y en ruinas unas cuadras.

Y un trozo de camino y la lejana

claridad del mundo.

Está fuera del pueblo y es indiana

su arquitectura, ya sabéis:

todo un poco mezclado, pero es blanca,

es grande, es vieja, es solitaria.





RIPIOS PARA UN AMIGO

Y TRES VIEJOS MAESTROS

Es de noche hace rato y ha llovido

en un Madrid dormido y otoñal.

En cada gota del cristal

se refleja mi lámpara y me reflejo yo,

y un rincón de este cuarto y del buró

que fue de Valentín,

y este muerto papel en el que escribo

se refleja también como un recibo

donde llevo las cuentas de mi spleen.

El cielo de mi calle iluminado y rosa

también abre un lugar de este reflejo,

parecido a la boca de una fosa

que besara a la muerte en un espejo.

Son ya las nueve, y llueve.

Que nadie te sorprenda preocupado

por saber si esta lluvia es muy distinta

de la que vio Unamuno una vez en Bilbao,

negra como la tinta,

o aquella que hace un siglo a Pimentel en Lugo

tanto al hombre le plugo,

o la suya, que vio en París Verlaine,

del color de los charcos

o de los tristes barcos

o cual adiós que nos arranca un tren.

Tampoco te preocupe saber si este poema

antes que aquí se ha escrito.

No es esa la cuestión ni es el problema.

No quieras ser maldito.

Busca, por el contrario,

las fuentes de su lluvia y su calvario,

las fuentes de Unamuno, Verlaine y Pimentel.

Busca en ellos la hiel. Busca su miel.

Que la lluvia de entonces

llora ahora en sus tumbas.

Es dulce y es amarga

y eternamente interminable y larga.

Es la lluvia de siempre. La actual.

Que en lo tocante a lluvias

es un absurdo ser original.


LA VENTANA DE KEATS

Para Manuel Borrás


Apartado de todo, vuelto a mí

en silencio egoísta, en soledad

de campos y de encinas y callejas

que el otoño volvió más taciturnas;

asilado a esta sombra y sin más patria

que una vieja edición de tus poemas;

sentado en berroqueña piedra gris

y leyendo tus versos, oigo cómo

de pronto un ruiseñor se eleva y canta.

Todo lo dejo entonces, mi lectura,

mis leves pensamientos, mi silencio.

Todo por escucharle. Es él, él mismo.

El dulce ruiseñor que tú supiste

distinguir entre todas las demás

criaturas, por ser no melodioso,

que lo era, sino por ser el tuyo,

el a ti destinado desde siempre,

desde el día en que Dios de mansas fieras

ocupó el Paraíso y dijo: «Hágase

también el ruiseñor, para que Keats,

en la umbría Inglaterra, al escucharlo

embelesado, alcance esta verdad:

que el canto es sólo uno, siempre el mismo,

y que la rama cambia y cambia el pájaro,

mas no la melodía. Esta será

de país a país siempre la misma,

de un continente a otro y desde un siglo

a otro siglo, la misma melodía,

igual que en el estanque van las ondas

cuando alguien en él escribió un nombre».

Pues bien. Conmigo está, frente a este Gredos,

el ruiseñor menudo de tus versos,

frente a ese abstracto Gredos, calmo y duro

y hecho de pura abstracta lejanía.

Y están también los prados y colinas

por los que tú anduviste. Están conmigo

ahora, aquí. Y las viejas mansiones

que el campo inglés conoce, venerables,

cubiertas por la yedra, iluminadas

con quinqués y bujías cuya luz

llenaba las ventanas de dorada

quietud e invitación al sueño,

de modo que de lejos, si pasaba

un viajero, se decía: «¡Quién

pudiera estar allí, junto a esa lámpara,

dentro de aquella casa, allí sentado

en cómodo sillón leyendo un libro

o bebiendo los vinos de Madeira

y escuchando un piano, o ni siquiera,

sólo como esa sombra que es el tiempo!

¡Sólo como la sombra de aquel hombre

que se asoma al balcón para mirarme!

¡Quién pudiera quedarse en esa casa

y no tener, cerrada ya la noche,

que andar por estos fúnebres caminos

y exponerse a morir en soledades

que harían de la muerte algo aún más triste»...

Eso diría el viajero errante,

eso mismo diría al contemplar

la vieja casa solitaria y grande.

Y luego seguiría su camino

sin dejar de mirar de vez en cuando

atrás, hasta perder aquella luz,

aquel temblor de oro entre las ramas

oscuras de los tejos, sin haber

siquiera sospechado que eras tú,

John Keats, la sombra.

Y que le viste
llegar por el camino, y que dijiste:

«Al Sur marcha ese hombre.

¡Quién pudiera con él perderse lejos!

Ahora mismo. Sin equipaje alguno.

¡Cómo envidio su suerte y qué tristeza

languidecer aquí llevando una

vida que ni siquiera de infeliz

puedo calificarla! Mira, parte

de nuevo, se va. Empieza ya la luna

a vadear el río. ¡Cuánto debe

compadecer mis años!»...

Y que luego,
para apagar la sed de tu acedía,

tomaste una vez más un papel nuevo

sin dejar de pensar en aquel hombre

que viste peregrino. Quizás ese

fue el día en que escribiste aquel poema

que empieza así: «Feliz es Inglaterra...»

¿Quién podría saberlo? Ahora otra vez

lo leo en este viejo libro tuyo,

y al leer me parece que tu otoño

es este otoño mío y que también

es mío el ruiseñor que ya ha callado,

y me confundo y creo

que aquellos claros ríos entre hayales

son nuestro pedregal, cuna de víboras.

Y así, miro estos bíblicos olivos

y alcornoques ascéticos, la tierra

de la que brotan zarzas sólo, ortigas,

pestilente cenizo o amargas hierbas,

y ebrio de gratitud, no siento ya

ni abrasador el sol ni amargo el aire

ni severos los pardos y los negros,

que son colores nuestros metafísicos,

sino que cierro el libro y miro lejos,

porque tus versos hacen que yo vea

este lugar como lugar del alma,

y vuelto a mí, comienzo a recorrer

de nuevo este paisaje silencioso

y a verlo de otro modo y a sentirlo

y a desear también la dulce muerte,

hermana zarza, hermanos alcornoques,

ortigas, alimañas, sequedades.


TESTAMENTO

He muerto ya, paisaje que yo he amado

tantas veces aquí, rincón del alma.

Una vez más vengo por verte. A un lado,

encinares y olivos, y la calma

de ver, al otro, olivos y encinares.

Algunos caserones con jardines

llenos de ortigas ya, viejos lagares

con aspecto de viejos polvorines.

Un camino con olmos en hilera,

una majada, una almazara en ruinas,

musical, perezosa la palmera,

y un Gredos azulado entre neblinas.

Nada de cuanto miro está en mis ojos

ni el olor del jazmín lo lleva el viento.

He muerto ya. Contempla mis despojos:

te dejo este paisaje en testamento.


VIRGEN DEL CAMINO

Estas noches de invierno hace frío en la casa,

los techos son muy altos y las paredes viejas,

cierran mal los balcones y la ventisca entra

hasta la misma cama donde espero

a que me venza el sueño y a que el sueño

me arrebate de golpe el libro de las manos,

y así, sobresaltado, me despierto

en medio de las sombras.

Y es entonces cuando comienzo un rito,

un viejo rito íntimo, igual todas las noches:

rezo un avemaría mentalmente.

Durante muchos años esto me avergonzaba.

«Qué buscas», me decía, «en oración tan simple.

Eres un hombre ya, no crees hace mucho

que el destino del hombre obedezca a unas leyes

divinas ni que el orbe, engastado de estrellas

en las ruedas del sol y de la luna

sea la maquinaria de un reloj,

al que un ser bondadoso

da cuerda cada noche en su vasto castillo,

esa vieja mansión que Nietzsche llamó Nada

y Bergson llamó Tiempo.

Es tarde para ti, me digo. Déjale

esa oración a otros, a tus hijos tal vez,

ignorantes aún de lo que sean

la palabras antiguas del arcángel

que anunciaron el Verbo y su silencio

en misterioso griego, según cuenta San Lucas.

No pienses otra cosa. Estás cansado.

Ya es bastante de un día

conocer su final y conocerlo en paz.

Deja, pues, de rezar. Ese viático

no puedes usurparlo, porque, di,

¿de qué te serviría? De qué sirve una llave

de la que no sabemos a dónde pertenece».

Son razones que habré dicho mil veces,

pero al llegar la noche,

me acuerdo de otras noches

y el frío de mis pies entre las sábanas

es un frío de infancia, de internado,

cuando oía a mi lado el dulce respirar

en otras camas, y en el cristal la escarcha.

Y al recordar aquellas ya lejanas

noches de la meseta, tan largas,

oscuras y sin fondo,

recuerdo las palabras de los frailes:

«La Virgen del Camino

guiará vuestros pasos donde quiera que estéis:

No dejéis de rezarle y el camino

no será tan difícil. Será para vosotros

linterna en alta mar o una noche de luna».

Y recuerdo que yo, para dormirme,

imaginaba, acurrucado,

debajo de las mantas que pesaban

pero que calentaban poco,

sin moverme siquiera de la parte más tibia

que había caldeado con esfuerzo,

incluso con mi aliento, imaginaba, digo,

qué sería de mí, y qué lejanos mares

habría de cruzar, qué extrañas tierras.

Otras veces pensaba si la muerte

habría de llegarme

como a aquél que labrando

un buen día su viña, ni siquiera

de recoger su manto tuvo tiempo,

o en medio de una fiesta, o en el sueño...

Al llegar a este punto

recuerdo que temblaba y pensaba en mi Virgen,

de modo que mis labios desgranaban

aquel Ave Maria, gratia plena

con el que yo me hacía

un lecho de hojas secas,

y luego me dormía... para llegar

muchos años después,

a noches como ésta,

noches frías de invierno

donde a solas conmigo voy pensando

y dejando en mi boca, una a una,

la palabras antiguas

de la Salutación, como si fueran

el óbolo que habrá de franquearme

los portales del manto hospitalario

que unos llamaron Tiempo

y otros llamaron Nada.


UNA ODA

Dichoso aquel que busca un lugar como éste

y contempla las zarzas que estrechan el camino

cuajadas de racimos de un negro y rojo agreste,

y a lo lejos la tierna brusquedad del espino.

Aquel que ya no dice: «voy a contar mi historia»,

sino que sale al campo como un impresionista

en busca de un paisaje o una luz ilusoria

y no hace mal a nadie, sencillo y egoista.

Aquel que por las noches olvida que ha sufrido

y deja a un lado todo su corazón herido

para mirar la luna y sus cepos de plata.

Dichoso él, que llora sin preguntar la fuente

de esas lágrimas puras, que está solo y doliente

y sin juzgar se entrega a esa vida beata.





FLORES, GALAS

Tú quedarás entre esas flores rojas,

con la blusa del aire y la mirada

brillante de un deseo

todavía en semilla, y tú, galán,

con ese traje nuevo que te hizo

sin duda, al menos las primeras veces,

presumir de apostura, a imitación

de algún actor engominado y serio.

Mujer, ¿qué flores cortas?

¿Son rosas? ¿Dalias? La posteridad

también las ha alcanzado. En cuanto a ti,

¿dejaste ya asistido el ganado en la cuadra,

picada la guadaña y recogida

la hierba por correr hasta tu traje

con la ilusión de un mozo?

La del vestido que es a un tiempo prado

y la brisa que en él ablanda el heno,

¿no podrías al menos sonreírnos

a los que aquí quedamos?

¿No piensas que tus labios

serán eternamente limpios, jóvenes,

como granos de uva y con olor a lúpulo?

Y tú, tan orgulloso de tan blanca

camisa y de ese nudo, ¿nada dices?

Llévatela de aquí al plantío, al soto

umbrío de los chopos, junto al río

que es vuestro gozo y a la vez secreto

y símbolo de todo lo que pasa

y ya no vuelve... Sí, y ya no vuelve.

Ésa será vuestra posteridad.

La mía, estos cuarenta y cinco años

que se han quedado atrás.

La vuestra, estas dos fotos que ahora miro

con los ojos nublados por las lágrimas

sin ver ni comprender cómo de un tiempo

de flores y de galas ha podido

la muerte levantarse, justamente

contra vosotros dos, invulnerables

hasta ayer mismo, que erais padre y madre.

Sólo dos viejas fotos que esperan a su vez

un reparto entre hijos, un olvido

de nietos y una nada, flores, galas.


PRIMERAS RIMAS DEL OTOÑO

Junto a mí me he sentado,

yo conmigo,

por oír vuestra voz, la mía acaso,

en lo más hondo,

y ver, si me asomara,

mi corazón en su profundo pozo.

Rimas de dentro,

os siento hoy como en el alto cielo

se dan cita los pájaros

cuando forman sus ramos en otoño.

Sois también hojas secas,

las primeras que el viento

levanta dulcemente

del agostado suelo

con un rumor secreto y una música

inimitable siempre,

y sois las uvas

no maduras del todo

granándose de negro.

He venido a sentarme

al lado mismo mío,

vuelto hacia mí como la hoz se curva,

por oír el latido,

y cosecharlo,

de un silencio tan grande

y volverme hacia el alma

para segarme en haz, para ofrendarme.

Rimas hechas de nada,

reunid en un acorde el infinito

de lo aún no nacido,

soñado o proyectable

y todo cuanto muere

después de breve vida.

Mis silenciosas rimas,

ovejas de majada

en una larga noche

sincopada de estrellas y de esquilas

y desiguales sones desacordes

de olvido y de esperanzas.


RAMA DESNUDA

¿Qué es este engaño, di, rama desnuda?

Yo mismo te corté este invierno. Sola,

despojada de cielo, te quedaste

en la tierra, caída como el cuerpo

exangüe de un extraño. Allí seguiste

bajo los fríos soles y las ciegas

estrellas, en inerme y retraído

abandono, a merced de los temperos

más aciagos y extremos. No eras más

que un trozo de madera cada vez

menos visible en la materia activa

de la naturaleza. Para el ciclo,

para cerrarlo al fin, sólo esperabas

acabar algún día como fuego

en nuestra chimenea y ser ceniza

y ennoblecido símbolo del tiempo.

Pero algo ha pasado: has florecido.

Desoyendo la lógica del mundo

y de tu propia historia, te has llenado

de brotes y de flores, desdichada.

No serán fruto ni serán promesa,

pero sueñan tal vez con nueva vida

esperando quizá que a ese reclamo

acuda el ruiseñor y en ti construya

su nido como antaño, reviviendo

tus viejas primaveras y las noches

de venturosa y perfumada brisa,

mi pobre rama, soñadora y muerta.

¿Qué burla es ésta, di, rama podada?

Y tú, mi viejo corazón, ¿no aprendes?


EL VOLADOR DE COMETAS

Si sólo del dolor, como es probado,

un poco de verdad nos nace

y un poco de alegría,

¿qué es esa escena

en que está Rafael con su cometa

tensando y destensando treinta metros

de nuevo corazón

que amarra al hondo cielo?

¿Cómo puede verdad

manar tan sin esfuerzo y fácil?

En la clave del cielo,

sin otro viento que el azul de agosto

compacto e inamovible,

mira cómo gobierna su ilusión,

la mecánica ingrávida que se reparte

con el milano inmóvil

el espacio infinito

de estas oscuras sierras y lagares.

Con qué silencio eleva a lo más alto

su mirada,

con cuánto mimo van sus largos dedos

ya de hombre

recogiendo o soltando

la nave de los sueños.

Ya no es un niño,

ni siquiera un muchacho, y sin embargo

ha vuelto a serlo.

Vedle tan serio interrogando al aire

que de pura quietud casi ni existe,

mientras nos sube a todos,

desde la misma entraña,

alegría y congoja al comprender

que realidad es siempre más

que eso que vemos.

Algo muy verdadero duerme en esa industria

que sostiene el milagro

como una llama viva,

en esas huecas cañas, en el hilo

que a veces se le enreda

entre las ramas negras de un olivo.

Quizá no vuelva nunca a volar su cometa.

Es lo que pienso.

Para él han pasado

los años más felices de su vida

sin que lo sepa aún,

y yo alcanzo a saber lo que hace un rato

creí que no sabía,

que sólo de dolor puede nacer,

de lo que tiene ya de olvido y de pasado,

tan perdurable escena, mientras viva

cualquiera de nosotros.


AL LEER A LEOPARDI

Al leer a Leopardi,

¿te escondes de la vida o es tu vida,

el dolor de tu vida, lo que a él

te conduce? El sufrir puedes nombrarlo,

la infinita tristeza de las cosas,

los límites del mundo tan lejanos

y tus pequeños males.

No el arte de hacer versos: el consuelo,

el íntimo consuelo que nunca proporcionan

ni la literatura ni los libros.

Y tus pequeños males, tan pequeños...

No más que una palabra aquí, o un gesto

que inamistoso crees ver en alguien,

ese malentendido, aquel infundio

a veces fortuito,

tildes todas menudas que tal vez,

siendo objetivos, no son nada,

pero que a un hombre lo reducen

a una sombra de sí.

Y nos sentimos solos

en total desamparo, y ni siquiera

las cosas, los paisajes y recuerdos

felices de otros tiempos te confortan,

sino que todo es un vasto yermo

sin la pugnaz retama y sin los pájaros,

en esta habitación, sobre esta mesa

mirando en tu ventana tantos años

esa fachada gris que lleva ahí

desde el final de un siglo.

Y ves así tu vida: como casa

también no menos vieja que tú mismo,

dado a pensar en horas

de una insania total que tus amigos

sólo los vas a hallar entre los muertos

y, esperanzado aún, quizá en aquellos

que nacerán dentro de ochenta años,

que decía Stendhal.

Es así como alguien como tú

lee a Leopardi,

para escuchar los ruidos, esos ruidos

del final de la tarde, las gallinas

escarbando en el suelo,

el roce de la mano, mientras cose la joven

una pieza de lino blanca y nueva

o armónicas campanas que te hacen

levantar la mirada y ver los montes

Sibilinos, azules, a lo lejos

en el vano infinito...

Es eso lo que buscas,

cuando los ruidos que hay en toda vida

no puedes escucharlos,

que hasta las mismas hojas muertas

si las pisas no suenan

y tu infinito es nada en ese Gredos

que borraron las nubes.

Al leer a Leopardi buscas eso:

celebración y tregua en la inmensa derrota

que en ti viene cumpliéndose.


CUANDO ERAS JOVEN

Quiero pensar en ti cuando eras joven,

cuando lo era yo,

en tu pelo tan negro que dejaba

anunciada la noche,

en cómo al sonreír lo hacías

a un tiempo con los ojos, las manos y la boca

en gestos sólo tuyos, que jamás

ni antes ni después he visto en nadie,

y también en tu espalda

que tanto disfrutaba quedándose desnuda...

Pienso en aquel tiempo, mucho antes

que a tus manos vinieran a posarse,

como en troncos y hojas, las manchas del otoño,

y en todas las ciudades descubiertas,

y en los frutos probados por primera

vez contigo, que juventud es eso,

una primera vez en tantas cosas

y en cómo el corazón me abrías

como si fuese cofre

y en el amor, que luego, en la pureza,

al cerrarlo ponías

igual que años después pondrías al salir

para no despertarlos, del dormir de tus hijos;

pienso en aquel tiempo, y sin embargo

al acabar la tarde, la que nace

debajo de mis párpados, soñada,

es la misma que está sentada junto a mí.

Una o dos canas a su pelo bajan, y silencio

en sus ojos asoma, cuando ausente

parece meditar en aquel tiempo

en que el hombre que tiene junto a sí

fue joven, y le brota quizá de tal recuerdo

esa sonrisa que no he visto en nadie,

ni antes ni después, no siendo en sueño.


VEINTE PENIQUES

Para Guillermo


De todos los regalos que has traído

de la pequeña Irlanda

–unas jarras de guinness en verdad ominosas,

ideadas sin duda por una mente enferma

para ponerlas juntas (son pareja, de hecho)

en esa boiserie que no tenemos,

o ese bate de hurley arrancado

al corazón de un olmo,

o el frasco de perfume que al final

te avergonzó comprar en la free shop

del aeropuerto–,

de todos los regalos, te decía,

ninguno igualará jamás a esta moneda.

Cada vez que la mire

me acordaré de ti,

de aquel día en que fuisteis tú y tu amigo

paseando aburridos a la vía del tren,

junto a Landsdown Road,

y encima de un raíl la colocaste,

por ver lo que quedaba.

Ya lo has visto tú mismo:

el perfil de un caballo y el de un arpa

laminados y suaves a los dedos,

una cara que es cruz y una cruz que es ya música

de catorce silencios.

Podría parecer un sol sin brillo

o el metal melancólico de un lago,

o el oro que cayó desde poniente

o el final de tu infancia,

y en su oval superficie de algún modo

están las chucherías que con ella

pudiste haber comprado y no compraste.

Por eso es mucho más que la moneda

que en realidad dejó de ser entonces,

cuando curiosidad y tedio juntos,

y un poco de renuncia,

a las ruedas de hierro la entregaron.

Ya no tiene valor, eso es verdad,

el valor que los hombres un día le asignaran,

pero podré comprar con ella todo

lo que no tiene precio:

tiempo en primer lugar, pues cada vez

que mis dedos la rocen, me acordaré de hoy,

que me la diste, y de ti mismo,

de tu viaje a Irlanda, y de tu edad

trenzada todavía de sueños y de asombro,

de donde nace siempre plenitud y belleza.

Acordarme podría incluso de mí mismo,

de los días lejanos en que también ponía

sobre la vía monedas de diez céntimos

(un caballo al galope y un ibero

que portaba una lanza)

en idénticas tardes aburridas

y en iguales ejidos desconchados.

Mas no sólo recuerdos podré comprar con ella,

no sólo el tiempo ido

sino esta alegría que jamás morirá,

la de tu vuelta a casa,

la de abrir tus maletas e ir sacando

para todos nosotros los regalos,

esas jarras de guinness y la pala de hurley

mientras ibas contando

inspirado sin duda por Irlanda,

que jamás abandona a sus poetas,

tus ingenuas andanzas en Dublín,

como esa de poner, sobre las vías,

en la estación de Landsdown Road,

en unas horas de infinito vacío

estos veinte peniques inservibles

unidos para siempre ya a la vida.





UN SUEÑO EN OTRO

Miro hacia atrás y estoy en este mismo sueño

en el que estoy ahora; hacia adelante,

y me descubro aquí dentro de un siglo.

La firme cordillera del pasado

no más que dunas son que van moviéndose,

lo que fue novedad, ya no lo es,

y lo que era futuro, en el aire engañoso

se deshace como escondido oasis.

Me llegará la muerte y me hallará cansado

como a veces ocurre tras un sueño

lleno de afanes, cuitas y fatigas

que nos dejan en manos de una larga jornada.

¿Quién no ha temido que la vida fuese

un sueño extraño que se vierte en otro,

como matrioscas rusas, este sueño

no menos irreal ni melancólico?

Voy a quedarme aquí, donde ahora estoy.

Vendrán mis días como vienen astros

de remotas regiones celestiales

sin que nadie los llame ni recuerde.

Sin que nadie me llame ni me espere

voy viviendo mi vida igual que entonces,

e igual la viviría si viviera cien años

con todos sus afanes y fatigas

y los frutos amargos y los dulces,

y ya que he de perderlos, ¿qué me impide

que a la suma de todo, a este rincón

hecho de tanta nada, quiera llamarlo sueño?


PIEDRA Y SUELO

Cada vez que una piedra

se rompe, nunca vuelve

a soldarse.

Así desde el principio

de los tiempos ocurre

y todas son heridas

que no cierran.

Ya sé por qué a menudo

mientras voy paseando

no levanto los ojos

del camino.

No es misantropía. Así las piedras

cada vez más pequeñas

y yo nos consolamos.


MENOS QUE NADA

Ayer mismo tejías con tu afán

en las ramas desnudas de los árboles

el lino de los sueños,

o subías al cable, y allí filosofabas

mirando desde arriba nuestras cuitas,

estos afanes nuestros, hechos también de ramas

que han perdido y ganado tantas veces

como el mundo sus hojas. De qué modo

sostenías tristezas y alegrías

trabajando con mimo tanto aire,

panadero celeste, levadura

de un pensar insaciable

que miraba tus vuelos y revuelos

y tus alegaciones y tus algarabías

como trajín humano.

Ay, pequeño gorrión, cuánta materia

había en tu jornada, cuánto peso

en ese corazón. Más que columna

era tu pulso, sosteniendo el sol

o metiendo la noche bajo el ala

donde tú la ordenabas con el pico,

o con el pico en alto

esparcías estrellas a lo ancho

como el que escoge trigo.

Si a mi mano viniste alguna vez,

pude dar fe de tu increíble vida,

que quemaba en los dedos como un ascua.

Estas negras heladas o la vejez o el hambre,

hambre de ser y sed de tantas hambres,

te llenaron de frío, y hoy has muerto,

como hoja también, al pie de un árbol.

Al levantar tu cuerpo daba miedo

lo poco que pesabas habiendo sido tanto,

menos que plumas sólo,

menos que nada

y esa nada también, mas de otro modo,

me ha quemado las manos.

Ay, mi pobre pardal, dime tú ahora

en este desamparo

qué hará con tales manos tu poeta,

que ni siquiera sirven para pedir limosna.


MANOS DE JARDINERA

Mains en songes, mains sur mon âme
Sagesse


Te avergüenzas de ellas

y ellas mismas no saben esconderse,

como esa muchacha que en el baile

procura no ser vista y evitar

con ello, y evitarse, un desengaño.

Prímulas y petunias, primaveras,

verbenas y jazmines,

y sobre todo rosas, toda clase

de rosas, amarillas, rojas, blancas,

rosas rosas, de seda y de cendales,

perfumadas y graves, se cobraron

en ellas su tributo: ya no son

manos de señorita. Y cuando ya nos dejes

y vayas a reunirte con las raíces,

te reconocerán en esa poca

tierra que te quedaba entre las uñas

y que en tanta paciencia se lavaban,

volviéndote más tímida y misántropa.

Qué fiesta van a hacerte, coronando

tu frente con guirnaldas,

ciñendo tu cintura con las mejores flores

y en los labios besándote con menta.

Como estaré a tu lado,

diles cuánto te amaba

y que me dejen ver el jardín de la sombra

como miraba en vida el otro,

que estropeó tus manos.


MI PADRE SALE A BUSCAR SU MUERTE

Faltaban todavía doce días

para que se muriera,

pero ¿cómo saberlo o sospecharlo?

Murió entonces un viejo conocido

y a velarlo acudió, según costumbre.

Menudo temporal, iba pensando.

Pensó también que el muerto

más o menos sería de su quinta.

Y pensó en regresar rápido a casa

para evitar huyendo en lo posible

el buido relente de los páramos

y las nieblas insanas del Bernesga.

Pensó que a cierta edad ha de cuidarse

un hombre si es que quiere

trasponer el invierno.

Pensando en tantas cosas se distrajo,

no supo dónde estaba, tan extrañas

le parecieron casas, plazas, calles.

Nada reconoció de su ciudad,

y tuvo miedo. Acaso pensó que él era el muerto.

Todo duró un segundo, nos diría,

sin saber qué pasaba, como un perro.

Encontró el tanatorio, el mismo que

doce días después le acogería,

deslizó su tarjeta en la bandeja

por bien labrados usos provincianos,

y deshizo el camino. «Me he perdido»

repetía asustado, y encontraba

insólito aquel hecho,

sin comprender que era la muerte la que

empezaba a borrarle de los ojos,

sin duda por piedad, todo lo que los ojos

durante ochenta años bien cumplidos

por amor, como un pan, habían amasado.


LLUEVO

Lluevo en esta ciudad

envuelto en frío, en aguacero, en noche,

y cuanto toco queda convertido

en una calle solitaria y triste

hecha de casas muertas, y en farolas

de cuyo resplandor nacieran ruinas

y a millones las cruces.

Lluevo sin tregua en todos los rincones,

sobre puertas cerradas y en abiertas

alcantarillas ciegas que se llevan

hasta el mar las estrellas.

Mi corazón es charco y cuando anclan

en él las negras nubes

no pueden ser más náufragas,

y con sólo morirme me confundo

en un luto de pájaros.

Lluevo sobre las ramas

desnudas de los árboles y lluevo

dormido sobre el banco de ese parque

constelado de sueños que mendigan

a las sombras que pasan,

por la mucha tristeza de las cosas

que se acaban.

Y a manos llenas lluevo en el cristal

de la fosca ventana de mi estudio,

y las gotas que lluvian

mi corazón por dentro

son las mismas que bajan y resbalan

trazando bellos signos

que podría leer, si no tuviera

en los ojos mi lluvia tantas lágrimas.


RAMA DE CEREZO EN FLOR

Ni católico templo ni pagoda

podrían comparársele.

Ningún haikú tampoco

resistiría un solo instante al lado

de esas pequeñas flores que tutean

a Dios como los niños cuando dicen

en su orfanato al rey que les visita:

«¿vas a quedarte aquí ya para siempre?»

No hay travesía humana comparable

a su dulce perfume, ni fragata

que mejor desplegara tanto trapo

por darle alcance en el azul del cielo.

Y aunque mucha dialéctica asombrosa

de sistemas oscuros fatiguemos,

no se hallará filósofo

que mejor armonice los contrarios:

en la casi podrida y vieja rama,

en lo que sólo es ruina, liquen, leña,

han abierto las flores su camisa

y doncellas se dan en cuerpo y alma

a quien quiera gozar tal lozanía.

Allí las he dejado. Si quisiera

traerlas a estos versos aquí ahora,

en el papel verías sólo pétalos

para siempre caídos, no una rama

inexpugnable a todo, sino frágiles

y mutilados pétalos sin vida.

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Recuerdo que en esta había algunas estampas bonitas de Madrid y de Roma. Cuenta la vida de Giulio Corso, un brigadista italiano muchos años después de la guerra civil. No he vuelto a leerla desde que se publicó. En realidad raramente leo un libro mío antiguo, excepto si he de corregirlo para una reedición, cosa que no ha ocurrido con esta novela. Pasó sin pena ni gloria. Su título original era Giulio Corso, pero el editor se opuso, nunca supe por qué. Siento por ella una íntima gratitud porque fue la primera y porque acaso me ayudó a escribir la segunda.







Tampoco hubiera tenido que titularse así, sino Ayer no más, título a todas luces mejor y más ajustado al asunto de que trataba. Fue la última vez que un editor me iba a obligar a cambiarle un título a un libro. Es la más autobiográfica de mis novelas. No sé qué hallaron más intolerable en ella, que fuese una autocrítica o la ausencia de épica en el relato. Cuenta las vicisitudes de un joven universitario de provincias, su militancia durante los últimos años del franquismo en una organización maoísta-estalinista, y su aprendizaje sentimental. Por haber tenido un premio, se le prestó bastante atención y la distinguieron con muchas reseñas y críticas, la mayoría de una violencia e irritación extremas, tanto que Ramón Gaya llegó a decirme: “Tu novela está bien, pero no pienses que es una obra maestra. Esa campaña sólo se les orquesta a las obras maestras”. En la novela se aventuraba una idea, nada extravagante, por lo demás: que aquella extrema izquierda antifranquista no luchó por la libertad ni por la democracia, sino para implantar en España, y con métodos parecidos a los del fascismo, una dictadura del proletariado. ¿Se comprende ahora por qué debió titularse Ayer no más? El humor de la novela no fue sino un recurso para que me doliese menos mientras la escribía.







Es una novela bastante barojiana del Madrid de la transición, en la que dos tipos de vida desarreglada y compañeros de fatigas, viven su vida, casi siempre de noche y al margen de lo que entonces estaba sucediendo en España. Entran, salen, beben, arrastran su deseo por tugurios de mala muerte, se ven metidos en grescas de todo tipo, tan inútiles como inevitables. Creo recordar que la novela trataba de recoger con simpatía y respeto el ambiente de los garitos de los últimos años setenta, a donde fueron a parar algunas pocas gentes insobornables y desengañadas. Cuando estaban disfrutando con mayor avidez la libertad recién llegada a España, se topan de nuevo con gentes que tratan de destruírsela. La recorre un torvo espíritu anarquista y recuerdo de ella también algunos pasajes de un lirismo áspero y sincopado.







Su protagonista, Justo García, cuenta en forma de diario los últimos días de la guerra y la travesía del Sinaia, el barco que llevó los primeros exiliados españoles a Méjico. Muchos dieron la historia por verdadera, al declararse en el prólogo que la había encontrado en la Biblioteca Pablo Iglesias. Siempre tuve esa credulidad por el mayor de los elogios. Trataba de huir del blanco o del negro, principal defecto de tantos relatos de la guerra, y si su protagonista me resulta cercano es porque fue un perdedor frente a los ganadores del bando de los perdedores, como me son cercanos también y a su manera los perdedores del bando de los vencedores.








El 23F de 1981 sorprende a unos cuantos entusiastas de las novelas policiacas reunidos en un café de Madrid. Su locura les lleva a conocerse entre sí con el nombre de sus personajes predilectos, Sam Spade, Holmes, Poe y otros. Se trata una vez más de gentes a las que la vida ha orillado en todos los sentidos, tanto a su protagonista, un escritor de noveluchas poli- cíacas, como a los demás. La novela es a un tiempo una novela gris de la España negra y una novela negra de la España gris, partiendo de la idea de que las novelas negras son a la literatura actual lo que las novelas de caballerías fueron a la literatura del siglo XVI. Quedó a un tiempo como homenaje y parodia del género, pero en ella trataban de dirimirse cuestiones más graves, por ejemplo el concepto de justicia poética, la única posible para aquellos crímenes que, como tantos de la guerra civil española, quedaron impunes. Recibió el premio Nadal.








Decir de ella que es una continuación del Quijote es verdad, pero también muy presuntuoso. Me movió al escribirla el amor por Cervantes y por sus criaturas, y el propósito de traer hasta el nuestro, tan descacharrado, el mundo cervantino, inagotable y pródigo. No sé muy bien cómo se me ocurrió, siendo algo tan expuesto, ni tampoco cómo la fui escribiendo, pero recuerdo que tuve dos preocupaciones: que no imitara el estilo inimitable de Cervantes y que todo en ella tratara de ser natural y verosímil. Algún día habrá de concluirse con El final de Sancho Panza y otras suertes.








Cuando ya estaba escrita esta novela, que cuenta el amor de dos hermanos que saben que lo son, sucedió algo extraño. Estaba escrita en tercera persona y en un arrebato la pasé a primera. Todo lo que sucedió después, incluido el inesperado final, forma parte de esos pequeños regalos del azar que sobrepasan la voluntad del escritor. Es una novela sobre el deseo en estado puro, y esto en todos los sentidos, porque nada hay en ella turbio ni malsano. Sentí que pasara también sin pena ni gloria, porque es una de mis preferidas, y acaso por ello nunca he dudado de su resurrección.



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